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Artículo de El Tiempo, de Bogotá

¡Por favor, no la detengan!

Manuela González, Miranda en El inútil, bailaba desde que la bañaban en la tina. No perdonaba fiesta. Pasó por una academia de ballet. Una mujer que ha bailado más que caminado

Cuando se agita al ritmo de la salsa puede quedar completamente muerta, perder 50 kilos, alborotar al extremo su cabellera. En su vida ha bailado más que caminado. 1,2...1, 2,3... ¡Qué le pongan otra que está que se baila!

Sí, esa canción está bien para ella, es más, cualquiera es perfecta para ella. Su cuerpo se empina, sus pies se alzan, su cara ya está roja. “¡No la detengan! ¡No la pongan a escoger!”. La actriz Manuela González puede dejar de hacer lo que sea, menos bailar.

Lo que suena es un dulce bolero. “Divino, divino”, dice. Cada vez que oye uno suma todos los recuerdos posibles. Momentos felices, momentos de emoción –jamás malos–porque todo lo relacionado con el baile ha sido importante en su vida.

Y en esas extensas jornadas de giros acompasados, hombres sin nombre y excesiva transpiración, ha utilizado la música para diversos propósitos. Cuando le provoca convierte el ritmo en fuego y también en agua: todo depende de cuáles sean, en el momento, sus niveles de locura.

Más música. Si el son no se detiene, ella menos. Contoneo sensual (faldas que tira con delicadeza hacia arriba), pero no se equivoquen, no baila para seducir. Ha dicho que no quiere atraer, sin embargo, termina haciéndolo. Si un hombre le gusta cuando se mueve queda al desnudo: no hay tapujos, no hay presentación, porque, como ha dicho, “las palabras sobran cuando se baila”.

Los discursos de los ‘machos’ cuando la sujetan al danzar, y sin querer molestar a nadie, le parecen una farsa, una parodia con la que se busca aparecer bien ante el otro. Discos y discos... Esa canción que ahora trepida (una de Donna Summer) la enloquece. No le importa si la baila mal, si la critican, en estos momentos no sufre de pena.

Solo un novio, de cinco que ha tenido en 24 años de vida, fue muy buen bailarín. Puede que olvide su nombre, pero no la forma en la que sus pies se deslizaban sobre la baldosa. No, no rechazó a los otros porque no supieran bailar. Sus hombres deben tener requisitos más nobles (que saluden, que digan te quiero). Además, para qué una buena pareja si ella baila sola.

¿Que si se le pueden acercar? No. No le gusta que la agarren, que la apercollen. Si alguien llega con esa intención, ¡Zas! Bienvenido será el que la ‘lleve’, el que le señale el camino, el que innove y no sea patéticamente predecible. A partir de ahí, como lo ha manifestado, “será casi un placer sexual”. 1,2... 1,2,3...

Se insinúa. Mira a los ojos. Su sensualidad ahora es una linda espalda destapada y un escote leve. ¡Que suene la música negra! El baile lo trae pegado desde que era pequeña. En su tina de niña escuchaba música clásica. Cuando fue más grandecita estuvo en el grupo de ballet, pero la instructora le dijo a su mamá ella no servía porque tenía los pies más desbarajustados del planeta.

Probó en el jazz, en la danza moderna, en el colegio, como cualquier niña en la época, fue bastonera. No estudiaba por estar preparando coreografías. Todo terminó cuando se fue a vivir a los Estados Unidos. Así se acabaron los tiempos en los que fue un trompo, en los que fue famosa porque se iba para su casa con los zapatos en la mano.

Sí, Manuela es una actriz. Ella fue Lolita en Me llaman Lolita; ‘La barbie’ en La baby sister, y ahora es la tierna Miranda en El inútil, una mujer que ella ha definido como un ser equilibrado, con muy buen carácter y que, sin importar que su familia sea de zapateros, su papá quiso estuviera rodeada de arte. Ahí es belleza de pincel y acuarela.

Vuelve el baile. Su cúmulo de energía empieza de nuevo a salir, a salir, y sale a través de mil pasos y sale a través de mucho movimiento. Suena una champeta. Y la goza porque, según ella, es una bofetada a las taras culturales. La divierte: altera muchas fibras que con otros ritmos se aquietan.

El baile está que se acaba, y la noche, y los hombres que pueden aguantar su paso. Alguien se acerca y le dice que bailar champeta permite hacer el amor sin quitarse la ropa. Suena raro, muy raro, pero ella se goza ese apunte.

Manuela para de hablar. Sobre una silla de escritorio ha descrito, con mucha imaginación, lo que sería una noche de baile. Ahí están las sobradas razones por las que fue escogida para su papel en El inútil. Baila y es mujer. Y como se dice sseguramente, fue el diablo quien le enseñó a bailar a las mujeres... Manuela no lo va a negar.

 

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